Nuestra historia

Sigues siendo tú.

Tu estilo ha cambiado. Lo que te gusta, no.

Nuestra historia

Sigues siendo tú.

A boy in pyjamas sitting close to a glowing television, holding a toy robot

Tenía siete años la primera vez que una historia hizo el mundo más grande. Pasó en una alfombra, al anochecer, demasiado cerca de un televisor que ocupaba media sala: un vaso de leche olvidado, un robot de plástico en el puño y, en la pantalla, una máquina más alta que cualquier edificio alzándose sobre una ciudad. Grité la frase del héroe medio segundo antes que él. Nadie me dijo que aquello era el principio de nada. Simplemente lo fue.

Two boys playing a fighting game on a Saturday morning, comics on the floor

Unos años después el televisor era el mismo, pero ahora había un mando en mis manos y un amigo en el suelo a mi lado. Los sábados por la mañana tenían forma: cromos repartidos por la alfombra, un cómic abierto por la misma página durante una hora, dos robots repartiéndose golpes en píxeles. Él siempre elegía el mismo personaje y yo siempre le dejaba, porque ganar nunca fue lo importante. Estar ahí, sí.

A teenager in a black anime T-shirt in his poster-covered room, headphones around his neck

Luego la habitación cambió. Los pósters cubrieron las paredes, la música subió de volumen y, por primera vez, elegí lo que me ponía: camisetas negras con aquel mismo robot estampado en el pecho, tan llamativas que los adultos levantaban una ceja. Me daba igual. Leía el manga en el borde de la cama con los auriculares puestos, y el mundo era exactamente tan grande como yo lo necesitaba.

A student in a library with a single small pin on his backpack

La universidad me pidió ser serio, y casi siempre obedecí. Las historias pasaron a una pantalla más pequeña —un capítulo en la esquina del portátil entre dos páginas de apuntes, cerrado con una mano cuando alguien pasaba por detrás— y de los pósters quedó un puñado de chapas en la correa de la mochila. Era suficiente. Las historias no se fueron. Aprendieron a esperar.

A man in a plain shirt smiling at his phone on an evening train

A los treinta las camisetas se doblaron en un cajón y las camisas se plancharon. Había una oficina, una corbata aflojada en el tren de vuelta, una ciudad al otro lado de la ventana que a veces se parecía a las que veía de niño. Un titular sobre un juego que volvía me sacaba una sonrisa pequeña y privada, y en casa había diez minutos de consola antes de dormir. El uniforme cambió. Los diez minutos, nunca.

A father in the white ORIGIN polo watching his daughter play with a toy robot on a Sunday morning

Y entonces llega hoy, y la luz entra por mi propia ventana. Me pongo un polo blanco y me ajusto la manga. En el suelo mi hija hace volar un pequeño robot blanco y azul —el mismo, más o menos, que yo sostenía a los siete— y en el televisor hay algo que yo veía. No miro la pantalla. La miro a ella. La marca de mi pecho mide treinta milímetros. La historia que hay detrás, cuarenta años.

No lo dejé atrás. Crecí con ello. Por eso hacemos ropa para los que hicieron lo mismo.

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